Compromisos éticos del investigador

By | 8 mayo 2015

El investigador ético no se debe a sí mismo, sino a su lector: si entiende esta afirmación, asume los compromisos al momento de ejercer su labor, y encuentran sentido las palabras de la Unesco, citadas por Aznar (1999, p. 167), en referencia al derecho a la información verídica: “el pueblo y las personas tienen el derecho a recibir una imagen objetiva de la realidad por medio de una información precisa y completa”. Este retrato proviene tanto de la faena exploratoria del investigador como de su responsabilidad con la transmisión veraz de los hechos.

En ningún momento el investigador se vuelve protagonista de su análisis ni esquiva su función de intermediario entre la realidad y su receptor. Siempre, desde una condición muy modesta, no hace más que asimilar la realidad, el único objeto de estudio: la verdadera protagonista. Sin embargo, a pesar de esta condición secundaria, el investigador está comprometido con los principios éticos de su profesión. De hacerlo, su error no solo perjudicará su credibilidad, sino también producirá graves consecuencias en la reconstrucción de la realidad tanto en su presente como en el futuro.

Únicamente a través del tratamiento objetivo, se evita alteraciones de la verdad. Al emitirse juicios libres de posturas personales, el investigador no sobrecarga su trabajo con circunspecciones que no necesariamente tienen que ver con la reconstrucción realista de un hecho. Acerca de esto, Echaniz, A. & Pagola, J. (2004) trasladan las implicaciones de una investigación mal lograda al cuadro de la moral:

El ideal supremo de todo informador es decir la verdad objetivamente, reflejar la realidad sin manipulaciones, para así poder dar plenitud al derecho de la información. Toda manipulación deliberada de la verdad, que la sociedad tiene derecho a conocer, es una inmoralidad (p. 63).

Hay que ser muy cuidadoso con el tratamiento de la información, pues la objetividad es una característica muy difícil de conseguir. No es cierto que el investigador está completamente libre de una visión subjetiva, en especial al momento de discernir entre sus fuentes de documentación. El grado de verdad de estas será reconocido, en un principio, por el criterio y la certeza del investigador, cualidades propias en cada individuo. Por tanto, se debe ser objetivo desde este primer momento. Es necesario presentar un buen desarrollo de los sentidos  en función de reconocer qué es cierto y qué contradice la verdad.

El investigador estudiado, quien consulta una variedad de fuentes de información con una lectura crítica, puede aliarse con la objetividad sin importar su visión subjetiva. Desde este momento, comienza el compromiso ético con su receptor. Uno actúa de manera correcta al utilizar sus propios conocimientos, necesarios para fines exploratorios. Quien no domina su tema de estudio difícilmente podrá diferenciar una buena cita textual de un comentario deficiente.

Actualmente, en un ámbito donde los contenidos suelen estar saturados, el investigador debe lidiar con la molestia de discriminar entre lo verídico y lo deshonesto. Gracias a la facilidad de Internet para crear y reproducir información, cualquiera puede presentar sus puntos de vistas como si se tratasen de una verdad irrefutable. De tal modo, sobreabundan blogs y sitios web comerciales que desvaloran la importancia de una información honesta. Tampoco quiere decir que los libros están exentos de ficciones. La información errónea está presente en diversas plataformas. Por tal motivo, Rodríguez (1994) se cuestiona qué se debe hacer situaciones:

La valoración de credibilidad de una fuente es, en la mayor parte de los casos, bastante más difícil y aventurado que hacer lo propio con una información. ¿Cómo podemos detectar que una fuente, asidua o no, está mintiendo o fantaseando? ¿Cómo conocer la personalidad de una fuente puramente ocasional? Es muy difícil, muy difícil, pero hay que intentarlo (p. 80).

Estos intentos deben tener presente el compromiso ético del investigador con su público. Después de todo, la ética tiene que ver con la postura humana ante lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. Para identificar ambas posturas, se debe investigar ambas, hay que conocerlas primero. Se debe leer una información verídica siendo consciente de su validez y aporte investigativo. De igual manera, uno debe leer una información errónea siendo consciente de la carencia de objetividad y prestigio. Esta doble lectura contribuye al desarrollo de la imparcialidad, otra cualidad infaltable en el investigador ético.

Si se quiere romper una cadena de desinformación, se debe afrontar la ignorancia con conocimiento. Solo el investigador estudiado, sin desviaciones académicas en su labor, tiene los conocimientos suficientes para saber cuándo una fuente miente y cuándo no. A la vez, entre una variedad de fuentes, puede reconocer la trascendencia investigativa que puede aportar a su trabajo. Su comportamiento corresponderá al perfil investigativo descrito por la Universidad Centroamericana (2013, p. 8): indagará “con responsabilidad, honestidad, rigurosidad científica y transparencia en todo el proceso investigativo”.

Luego de determinar la calidad de una fuente, corresponde atribuirle su valor y sus méritos a través de un adecuado uso de las citas. También se actúa con honestidad cuando no se irrespetan los derechos de autor, definidos por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual  (s.f., p. 18) como “el cuerpo de leyes que concede a los autores, artistas y demás creadores protección por sus creaciones literarias y artísticas, a las que generalmente se hace referencia como obras”.

A pesar de que un investigador, como se ha dicho, jamás se convierte en protagonista de su trabajo, no implica el desconocimiento de esfuerzo intelectual. En este punto, se vuelven trascendentales los manuales de publicación para citar en cualquier tipo de documento académico, de los que sobresalen el estilo APA (Asociación Estadounidense de Psicología, pos sus siglas en inglés) y el estilo de la Universidad de Chicago.

Va contra la ética atribuirse descubrimientos e interpretaciones investigativas de otros, pues se vale de recursos fraudulentos como la deshonestidad, irresponsabilidad y manipulación de datos. Boytha (1980), citado por Rojas y Olarte (2010, p.1),  define el plagio, unos de los males académicos más comunes, como “el acto de ofrecer o presentar como propia, en su totalidad o en parte, la obra de otra persona, en una forma o contexto más o menos alterados”.

Cada quien debe ser capaz de producir su propio contenido; para hacerlo, no es necesario recurrir a la mentira, sino integrar el aporte de otro autor al propio, o viceversa, como sea el caso. Por ejemplo, un documento que defina la propiedad intelectual puede complementarse con el enfoque investigativo y la capacidad interpretativa de quien está citando. Además de atribuir sus derechos de autor, se generará contenido nuevo y no se frena el proceso de aprendizaje. Vale aclarar que una investigación ética no solo se trata de citar a diestra y siniestra sin que se produzca una mirada auténtica. De ocurrir esto, se estaría subestimando al lector y, en consecuencia, engañándole.

Queda claro el compromiso del investigador con su público, pero qué pasa con quiénes están del otro lado del puente informativo. Si bien el lector merecer consideración, lo mismo ocurre con el objeto –si es que no hay una palabra menos despectiva– de información. Berrocal y Buendía (s.f.) aseguran que “un acto ético es el que se ejerce responsablemente, evitando el perjuicio a personas, que a veces se realiza inconscientemente, por estar vinculado el daño a los métodos que el investigador utiliza para la consecución de sus fines”.

Cuando se prioriza el fin académico sobre el medio o fuente de documentación, se falta a la ética investigativa. El investigador además de comprometerse con su proceso de trabajo, lo está con sus efectos. En algunos casos es preferible la confidencialidad antes que difundir información que afecte injustamente a terceros; por ejemplo, si se divulga algunos datos personales de personas tratadas o de menores de edad. El investigador debe ingeniársela para desempeñar su oficio con cautela. Lo mismo ocurre cuando se trabaja en un ámbito que requiere de experimentaciones: se falta a la ética si mediante estas se perjudica a los objetos de análisis. En tal caso, ¿dónde quedaría la ética?, ¿qué pasaría con el desarrollo humano, fin de toda investigación? Ciertamente, habría mayor se preferiría lo incorrecto: las desventajas en vez de a los beneficios.

La ética contribuye a cumplir de manera efectiva el propósito de toda investigación, sea de la índole que sea: adquirir nuevos conocimientos para el bien del desarrollo humano. Por una parte, solo se puede producir información auténtica mediante un registro y una interpretación correcta de las obras de otros autores y de la realidad analizada en el trabajo de campo. Por otra parte, para favorecer el desarrollo humano, se deben priorizar los derechos de los seres vivos vinculados al trabajo, sobre fines egoístas. En ambos casos, la responsabilidad y la honestidad deben nutrir este compromiso ético del investigador.

 

Lista de referencias

Aznar, H. (1999). Ética y periodismo: Códigos, estatutos y otros documentos de regulación. Barcelona, España: Editorial Paidós.

Berrocal, E. & Buendía, L. (s.f.). La Ética de la Investigación Educativa. Recuperado de http://www.uhu.es/agora/version01/digital/numeros/01/01-articulos/miscelanea/buendia.PDF

Echaniz, A. &Pagola, J. (2004). Ética del profesional de la Comunicación. España: Desclée.

Organización Mundial de Propiedad Intelectual. (s.f.). ¿Qué es propiedad intelectual? Recuperado  de http://www.wipo.int/export/sites/www/freepublications/es/intproperty/450/wipo_pub_450.pdf

Rodríguez, P. (1994). Periodismo de investigación: técnicas y estrategias. Barcelona, España: Editorial Paidós.

Rojas, M. & Olarte, J. (2010). Plagio en el ámbito académico. Recuperado de http://web.b.ebscohost.com/ehost/pdfviewer/pdfviewer?sid=ec2ea41d-1caf-4049-aeeb-77d5729285d2%40sessionmgr111&vid=1&hid=125

Universidad Centroamericana. (2013). Código de Ética en la Investigación. Nicaragua: UCA Publicaciones

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